AUDRY DEEP, AUDRY.
AUDRY DEEP, AUDRY.
NOCHES Y MUCHOS AMANECERE, desvelada, desesperada,
escudriñando las infinitas notas garabateadas con lápices de adultos colores infantiles. Y entre dibujo y croquis iba apoyando el codo una y otra vez sobre sus enormes urnas-peceras transparentes, increíblemente salpicadas por unos infectos insectos aplastados, fétidos, objetivamente repugnantes. A la eminente entomóloga Audry Deep, incansable estudiosa, nadie le prestaba la menor atención si no es porque aprovechó gran parte de su fortuna en liderar y sufragar varios viajes científicos a lo más recóndito del África septentrional o meridional. ¡Que más da! Lo importante, a decir verdad, era abastecerse de los vivarachos bichos para sus interminables estudios, el lugar, sin duda, era lo de menos.
. No, no fueron sus descubrimientos sobre los comportamientos del “cimex etiopensis ” lo que de nuevo le sacaron de su anonimato, no. Más bien fue su sonado apalabrado y manipulado matrimonio con Sir Arthur Dover, sin duda, el que se suponía el aristócrata más rico de todas las colonias del imperio inglés. Él convirtió la pacífica vida de la científica en una auténtica pesadilla rosa de fotos sepias, mentiras y cínicas sonrisas.
No, no fue ni la minuciosa descripción con sus detalladísimos dibujos, ni la comprobación fehaciente de que el “cimex etiopensis” era capaz de taladrar la piel humana para así poder chupar gran cantidad de sangre lo que provocó que su rostro apareciese en todos los rotativos de la época, no. Más bien fue la accidentada victoria de su primogénito Richar Dover, en el primer premio del Gran Prix de vehículos rápidos con motor de dos tiempos. La foto de Audry con su hijo y una bellísima Reina Madre fue tema de corrillos y tertulias en la alta y baja alcurnia londinense.
Nadie prestó la menor atención cuando en una prestigiosa revista científica publicó lo que realmente sería el cenit de su trabajo durante tantos y tantos años de laborioso trabajo: el ”cimex etiopensis” transmitía una rarísima enfermedad por los fluidos que intercambiaba al absorber la sangre de sus víctimas. Vieron la luz veinte de sus libros divulgativos, escribió en las más renombradas revistas científicas, charlas, conferencias pero nadie, nadie se acordaba de ella, nadie: ni su propio marido; apuñalado con un berbiquí en una exquisita fiesta privada rodeado de grandes putas y prostitutas anónimas.
De todas maneras, ya se encargaron de recordarle su ajetreada vida los viperinos londinenses a la anciana científica cuando paseaba por Hyde Park: “La inmunda chinche parece no saber que los cuernos además de a las cucarachas también les crecen a las ricas locas”.
Falleció Audry y murieron más de dos millones de personas, - y no todos de raza negra -, para que algún afamado catedrático universitario se percatara de lo que antaño una silenciosa mujer ya había descubierto entre desordenados papeles e inmundas peceras llenas de bichos saltimbanquis: el ”cimex etiopensis” era y es un asesino en serie a destajo.
La calle de la Chinche Cornuda hoy es la de la honorable Audry Dover.
Audry,- sin más-, mejor.
N.del A.: Este pequeño relato está basado en algún “hecho real”.
Lo real, -lo que realmente es real-, es que hoy en día y no lejos de todos nosotros y nosotras, se acepte por “hecho cultural ” la pérdida de la dignidad humana de las mujeres y sus derechos más básicos como ciudadanas del mundo.
Uno de Noviembre del dos mil seis, Día de TodOs LOs SantOs.

0 Comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]
<< Página Principal