CIÉNAGA Y VERDUGO
Padre:
dime, por favor ,
por qué te empeñas en saciar mi sed
en medio de esta terrible tormenta.
Hijo:
explícame, por favor ,
por qué no cejas de mostrar tu faz
sobre el rostro de los muertos.
EspírituS:
por favor, dame una sola razón:
para entender el caos;
para poder sobreponerme a la sangrante miseria
de este mundo fangoso, resbalando
sobre la opulencia desorbitada de la púrpura;
para superar las famélicas tinieblas
de esta tierra en extinción galopante.
¡Dios!
¡Dios!
¡Dios!
No puedo más,
¡no más, por favor¡
Acurrucado entre el frío y el rocío
de otra mañana otoñal,
he pensado,
si no te parece mal,
que lo mejor para los dos
es seguir mudos bajo estos profundos lodos:
el amargo silencio, en verdad, me turba,
pero no me tortura,
no me tortura tanto como ésta,
- tu devastadora esperanza moribunda-,
mi desgarradora y terminal espera:
el ignominioso calvario
hacía tu perpetua y del todo injusta
condena.
Juez de jueces,
dios de dioses.
Ciénaga y verdugo.

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